Huemul Cóndor
«Ego in hoc natus sum et ad hoc veni in mundum, ut testimonium perhibeam veritatis»
(«Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo,
para dar testimonio de la verdad» Jn 18,37)

E n este contexto histórico, eclesial y social, la afirmación de Cristo ante Pilato constituye el alma y la finalidad de nuestra Comunidad, la cual aparece plasmada en el 4º voto que formulan sus miembros: el compromiso de dar su vida en el martirio por la verdad.

Santo Tomás de Aquino, el gran doctor universal, cuyo pensamiento alcanzó bajo el influjo de la gracia unas cotas que la inteligencia humana jamás podría haber pensado (cf. Fides et ratio), ha dicho al comienzo de su Suma Contra Gentiles que «es necesario que la verdad sea el fin del universo» (CG I,1). Y si la verdad es el fin del universo, es necesario que sea también el fin de cada criatura inteligente.

Cruz de hierro

Como consecuencia, es necesario que la verdad sea nuestro propio fin. Esta finalidad del hombre a la verdad, es decir, la íntima orientación de su entendimiento a proferir, por una palabra interior, la realidad de las cosas, constituye algo crucial de comprender en el momento actual de la historia humana, en el que la divina Providencia nos ha hecho nacer y vivir.

El Mal de la Inteligencia

En una conferencia pronunciada por Jacques Maritain en 1923, se dicen las siguientes palabras en las que vale la pena detenerse: «El mal que sufren los tiempos modernos es ante todo un mal de la inteligencia; comenzó por la inteligencia y ahora ha llegado hasta las más profundas raíces de la inteligencia».

Si esto es válido “materialiter”, cuánto más para la razón humana. De la misma manera que en el primer instante del pecado se rompió toda la armonía del ser humano, así también, en el comienzo de todos nuestros desórdenes podemos apreciar una ruptura de las normas supremas de la inteligencia. Esta lúcida reflexión concuerda plenamente con las palabras que San Pablo dirigió a Timoteo:

«Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones... apartarán su oído de la verdad y se volverán a las fábulas». (2 Tim 4, 4)


Viam Veritatis Elegi (Salmo 118)

Europa, y con ella el Occidente entero, tras abandonar sociológica y numéricamente la fe cristiana, atraviesa una crisis de proporciones jamás vistas. Nuestras naciones han recibido «una solución aparente a sus problemas» al precio de «la apostasía de la verdad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 675), y han quedado sometidas a una verdadera «dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos» (card. Joseph Ratzinger, homilía de la Misa pro eligendo Romano Pontifice, 18 de abril de 2005).

Modernismo

La gravísima situación del mundo posmoderno guarda una conexión íntima y causal con la crisis que hoy padece la Iglesia. Las corrientes de pensamiento que modelaron la modernidad fueron denunciadas de modo sucesivo y solemne por el magisterio: por el beato Pío IX en la encíclica Quanta cura y en el Syllabus errorum (8 de diciembre de 1864); por San Pío X en el decreto Lamentabili y en la encíclica Pascendi Dominici gregis (1907), que señaló en el modernismo la «síntesis de todas las herejías»; y por Pío XII en la encíclica Humani generis (12 de agosto de 1950), dirigida contra los errores de la nouvelle théologie, de la cual ya había advertido el P. Réginald Garrigou-Lagrange: «¿Adónde va la nueva teología? Vuelve al modernismo» (Angelicum, 1946). Tales corrientes hallaron cauce en el seno mismo de la Iglesia: relativizaron la verdad en el orden filosófico y en el teológico, erosionaron el dogma y la moral, y alteraron la liturgia milenaria, expresión viva de la fe según el adagio lex orandi, lex credendi. «Por alguna fisura —hubo de reconocer el propio Pablo VI— ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios» (homilía del 29 de junio de 1972). Tal vez esa fisura es el ANTROPOCENTRISMO: la Iglesia vuelta al hombre dando la espalda a Dios.

San Pío X, contemplando ya en 1903 la apostasía de las naciones, llegó a temer que ella fuese «el comienzo de los males anunciados para el fin de los tiempos», y que «el hijo de perdición de que habla el Apóstol» hubiese hecho ya su aparición en la tierra (E Supremi, 4 de octubre de 1903; cf. 2 Tes 2, 3). Todo ello ha allanado el camino a la Bestia apocalíptica, a la que «se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos, y se le dio potestad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación» (Ap 13, 7), en la instauración de un nuevo orden mundial: un mesianismo secularizado, «intrínsecamente perverso» (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 676), que pretende despojar a la Iglesia católica de su condición de única verdadera Iglesia de Cristo y de arca necesaria de salvación (cf. Syllabus, proposiciones 16-18; Concilio de Florencia, bula Cantate Domino, 1442).

El Reposo en la Verdad

Misa

Un monje cartujo del siglo XII, Dom Guigo, nos ha legado unos hermosos pensamientos: «Paz sin fin, como la de los ángeles, es el fruto de la verdad... Sin apariencias, sin adornos y aun clavada en una cruz, hay que adorar a la Verdad».

El entendimiento descansa en la verdad. «QUIESCIT INTELLECTUS IN VERITATE» (Santo Tomás de Aquino). La vida entera del hombre descansa en la verdad, y se eleva serenamente hacia su fin beatífico cuando la verdad natural y la sobrenatural son la roca en la que ella se fundamenta.

Caminar hacia la Luz

Este amor a la verdad implica una profunda actitud interior: un “caminar hacia la luz”. Lo cual es ciertamente un don del Espíritu Santo: «Emitte lucem tuam et veritatem tuam» (Envía, Señor, tu luz y tu verdad).

Si nuestra vida está orientada entera hacia la luz, en el minuto de la muerte, cuando nos encontremos cara a cara con la Verdad, esa Verdad será para nosotros luz y vida, y nuestra eterna felicidad.

De este modo, Schola Veritatis cree y proclama firmemente la fuerza redentora de Cristo, la Verdad, la cual es capaz de «liberar» al mundo. A través de este camino (el testimonium veritatis) Schola Veritatis desea contribuir a la instauración de todas las cosas en Cristo.